En los últimos años hemos escuchado que el cambio
climático puede ser catastrófico para la naturaleza y la humanidad
enteras. Pero cada día es más evidente que en las próximas décadas las
políticas para prevenir el cambio climático podrían terminar siendo un
remedio peor que la enfermedad. Han surgido protestas por la escasez y
altos precios de los alimentos en Haití, México, Egipto, Costa de
Marfil, Guinea, Mauritania, Camerún, Senegal, Uzbekistán y Yemen.
Vietnam, Camboya, India y Egipto han impuesto restricciones a sus
exportaciones de arroz para disminuir los precios internos. Paquistán
ha reinstaurado el racionamiento alimenticio, que también es tema de
discusión en Bangladesh y es rumorado en Sri Lanka.
Políticas
supuestamente ambientales en Estados Unidos y la Unión Europea (que
subsidian la producción y el consumo de energías renovables como el
etanol y el biodiesel) han hecho que cultivos como el maíz, la soya y
el aceite de palma dejen de ser alimentos y pasen a ser utilizados como
combustibles.
En conjunto, China e India constituyen 40% de la
población mundial. No hace mucho, estos países se encontraban al borde
de la hambruna, pero ahora experimentan un incremento en la demanda
alimenticia gracias a años de crecimiento económico de casi dos
dígitos. La energía ha alcanzado precios récord.
Según datos del
Banco Mundial, para marzo de este año los precios de los granos se
habían triplicado, los precios de los fertilizantes se habían
quintuplicado y los precios de la energía se habían casi triplicado
desde el año 2000. Tomando en cuenta solamente desde enero de este año,
los precios de los alimentos se han incrementado en 65%.
Estos
picos en los precios alimenticios amenazan con destruir uno de los
principales logros que ha tenido el mundo desde el fin de la Segunda
Guerra Mundial. En los años cincuenta y sesenta, muchos temían que la
hambruna era inevitable. En cambio, hemos presenciado una vasta
reducción en la hambruna crónica, de 37% de la población en los países
subdesarrollados en 1970 a un 17% en el 2001. Esto a pesar de que la
población mundial ha aumentado en 83%.
El incremento en la
productividad de la industria agrícola, el intercambio de productos
alimenticios básicos y la ayuda de los países desarrollados, resultaron
en una caída de 75% en los precios alimenticios mundiales después de
1950, volviendo accesibles varios alimentos para los miles de millones
de personas que vivían en condiciones paupérrimas. El actual incremento
acelerado en los precios de la comida amenaza con eliminar estos
avances.
Lo mismo que los subsidios estadounidenses causan en el
etanol, lo causan los subsidios al biodiesel en la UE. Las políticas
europeas han creado una demanda artificial para el biodiesel, que está
provocando la eliminación de bosques con abundante biodiversidad en
Malasia e Indonesia. Tanto en la UE como en los EU, terrenos que antes
se reservaban para la conservación natural están siendo nuevamente
utilizados con la excusa de satisfacer la demanda de la industria
subsidiada de los biocombustibles.
Los remedios para el cambio
climático pueden llegar a crear más pobreza, hambrunas y enfermedades,
así como también un aumento en la destrucción ecológica—algunos de los
infortunios que se supone que stas medidas evitarían. En nuestra lucha
por combatir el calentamiento global, todavía tenemos que ponernos a
pensar seriamente en los efectos secundarios que producen nuestras
políticas. Los resultados han sido desastrosos, y siguen empeorando.
Indur Gloklany es autor de The Improving State of the World (Cato Institute, 2007) www.elcato.org.